“El Espíritu empujó a Jesús al desierto” (Mc. 1,12-15)

Homilía para el I Domingo de Cuaresma 18 de Febrero de 2018

“El Espíritu empujó a Jesús al desierto” (Mc. 1,12-15)
Hoy contemplamos a Jesús en el desierto… Lo primero que nos llama la atención es que “el Espíritu empujó a Jesús al desierto”; “empujar” indica el impulso interior que Jesús siente por dentro y que lo lleva al “desierto” para asumir la gran lucha de la condición humana.

Nosotros podemos preguntarnos: ¿Nos dejamos “empujar” por el Espíritu, o nos dejamos llevar por nuestras ambiciones, por nuestras necesidades, nuestros intereses personales? ¿Qué mueve, en el fondo, nuestra vida?
El desierto de Judea es un lugar geográfico, cerca del Jordán, pero es también un lugar de combate contra las fuerzas del mal y del encuentro con Dios. El hombre contemporáneo huye del desierto, le asusta la soledad y la ausencia de sonidos. Sin embargo, el desierto es un lugar de encuentro profundo con nosotros mismos y con Dios; en el desierto podemos escuchar, en silencio y soledad, la voz de Dios, la voz que libera de verdad. El desierto es donde necesitamos volver en tiempos de crisis para abrir caminos de vida y de esperanza para nuestra sociedad.
“Se quedó en el desierto cuarenta días, “Los cuarenta días” de Jesús en el desierto hacen referencia a los cuarenta años de Israel en el desierto camino de la libertad. Los “cuarentas días” significan el proceso de liberación de Jesús en la manera de vivir su misión en la fidelidad al Padre. Marcos no nos cuenta una por una las tentaciones de Jesús ni las reacciones de Jesús al tentador. En Marcos no hay tres tentaciones como los demás evangelistas, porque plantea toda su vida como una constante lucha contra el mal. Durante toda su vida, Jesús resistirá a las instigaciones del adversario, de “aquel que divide”, permaneciendo en la fidelidad al Padre.
“Dejándose tentar por Satanás”, pero durante todo ese tiempo, Jesús tendrá que luchar contra la tentación del poder, simbolizado en “Satanás”. Satanás es el símbolo de la ambición de poder que se esconde dentro de cada ser humano y que domina nuestro mundo. Es impresionante contemplar a Jesús “tentado” como un hombre cualquiera. Podemos imaginar a Jesús en el desierto, tentado, débil, sometido a las crisis, a la oscuridad, pero a la vez, firme en su camino de fidelidad al Padre.
Las tentaciones, representan también los falsos valores que Jesús encuentra en su época y que son los que se cotizan hoy también entre nosotros. Jesús permanecerá fiel al Padre en todo. En esa fidelidad radical, vencerá toda tentación. A lo largo de su vida Jesús permanecerá siempre vigilante para descubrir a Satanás en cualquier circunstancia que se le presente. Hoy sería bueno preguntarnos: ¿Cuáles son nuestras tentaciones?
“Vivía entre alimañas y los ángeles le servían”. ¿Qué significa que Jesús vivía entre alimañas y que los ángeles le servían? Las “las alimañas” (fieras feroces) representan todas nuestras “interferencias personales”, como son nuestros miedos, necesidades, nuestras ambiciones que dificultan vivir en la fidelidad a Dios. También apareen “los ángeles” que son las luces, las invitaciones y las personas que nos ayudan en nuestro camino. Nosotros también convivimos en nuestra vida con las “alimañas” (fieras feroces) y con los ángeles, todos y todo lo que nos alienta a continuar con esperanza.
Termina el texto señalando que Jesus marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios y decía: “Se ha cumplido el tiempo y está cerca el Reino de Dios. Conviértanse y crean en el Evangelio”.
Se ha cumplido el tiempo. Esta expresión indica que el momento ha llegado porque Jesús ha aparecido en esta tierra. Nuestras aspiraciones más profundas pueden realizarse. El tiempo humano es la oportunidad de llegar a vivir como hijos de Dios, en la confianza y en el abandono a Él. Nos preguntamos ¿el tiempo se ha cumplido para mí? ¿Puedo decir que es la hora de la verdad en mi vida?
“Está cerca el Reino de Dios”. Dios está cerca, … En Jesús, en sus palabras y en sus gestos ya está presente el Reino de Dios. Jesús es el Reino de Dios presente en medio de nosotros. La gran esperanza de la humanidad está aquí y ahora. Y eso es lo que Jesús anuncia como presente. Él es una Presencia en nuestras vidas. En ese amor se funda el camino de la Iglesia, que empieza diciendo: Ha llegado el Reino… y sigue invitándonos ¿te apuntas, te dejas cambiar por el evangelio?
“Conviértanse y crean en el Evangelio” … “Conviértanse”, que quiere decir, cambien de dirección, de manera de ver las cosas. La palabra conversión (metanoeite) se puede traducir: Conviértanse, pero mejor todavía déjense convertir: Dejen que el mismo Jesús, anunciador del Reino, transforme su vida. No nos convertimos nosotros.
Solo nos convierte el Evangelio del Reino, es decir, la Buena Nueva de Jesús. ¿Cómo sería nuestra vida si en esta Cuaresma emprendiéramos el camino de una verdadera conversión? El Evangelio no nos habla sólo de una conversión moral, personal, individualista, sino también de un Reino Nuevo de relaciones nuevas, es decir, de una sociedad donde no exista injusticia, explotadores y explotados, los que tiene de todo y los que no tienen casi nada, los opresores y los oprimidos. Se trata de un Reino donde reine la fraternidad.
Como sugiere el evangelio de hoy (Mc 1, 12-15), durante los cuarenta días de la Cuaresma los cristianos estamos llamados a seguir a Cristo en el “desierto”, para afrontar y vencer con él al espíritu del mal. Se trata de una lucha interior, de la que depende el planteamiento concreto de la vida; sólo venciendo al mal en nuestro corazón se prepara el camino de la justicia y de la paz, tanto en el plano personal como en el ámbito social. En el actual contexto internacional, sentimos con más fuerza la llamada a una profunda conversión y convertir nuestro corazón a la paz verdadera.
Podemos dirigirnos hoy a Cristo diciéndole: Señor, fortaleza del que está tentado, ilumina y fortalece nuestro corazón para que seamos capaces de convertirnos a Ti y mantenernos en un camino de fidelidad en nuestra vida.






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