“Paz a ustedes” (Jn. 20, 19-31)

Homilía del Domingo 8 de Abril 2018

“Paz a ustedes” (Jn. 20, 19-31)
Estas son las primeras palabras de Jesús Resucitado a sus primeros discípulos. Son también para nosotros en este domingo.
“Al anochecer de aquel día estaban los discípulos en una casa con las puertas cerradas por miedo” ¿Que significa el anochecer? Significa que la oscuridad y el miedo envolvían a aquellos que habían creído y habían seguido a Jesús.

¡Qué desilusión! Les quedaba la tristeza y el miedo a las autoridades judías. Ese miedo fue lo que hizo cerrar todas las puertas, “atrancar las puertas” … El miedo nos cierra a la vida, a Jesús Resucitado, que es la vida ofrecida siempre. El miedo es el mayor enemigo de la vida… El miedo nos paraliza y nos cierra a una verdadera transformación, generando en nosotros sistemas defensivos que nos impiden relacionarnos bien con nosotros mismos y con los otros. Vivimos en un mundo donde predomina el miedo. ¿Acaso, cuando tengo miedo no me oculto también detrás de las puertas cerradas de mi corazón, incapaz de salir fuera de mi mismo?
Pero hay algo extraordinario, el texto dice que “Y en esto entró Jesús y se puso en medio” … Entró Jesús y la noche se convirtió en día, entró Jesús y les liberó del miedo y de la angustia. Ante su Presencia, los desencantados recuperan la esperanza… También dice que Jesús “se puso en medio”, es decir, en el centro de la comunidad. Toda comunidad se hace en referencia a Jesús.
“Jesús les dijo: paz a ustedes”. Es como si les dijera: dejen ya sus miedos, dejen de dar vueltas a sus debilidades, dejen de recordar la violencia de la pasión… dejen los sentimientos de culpa, dejen ya sus tristezas. Sólo la certeza de su Presencia viva puede llevarnos a la paz. Sí, Él es el camino que nos lleva a la paz. A partir de ahora permanezcan en la paz… en cualquier situación, en cualquier circunstancia, aunque sea difícil, permanezcan en la paz. Nada podrá destruir mi amor por ustedes, eso es lo que les hará permanecer en pie y en la paz.
“Y les enseñó las manos y el costado”. Las manos de Jesús representan su actividad liberadora. También les enseñó el costado… Sí, les enseñó también el costado abierto, que es el símbolo del amor sin límites, sin medida.
“Ellos se llenaron de alegría al ver al Señor”. El encuentro con el Resucitado es una experiencia de alegría. Jesús despierta alegría. ¿Dónde está la alegría del evangelio que llena la vida y el corazón de los que se encuentran con él (E.G.)? ¿Qué me queda de esa alegría? ¿Quién, sino Él, puede llenar nuestro corazón de alegría?
“Como el Padre me ha enviado, así les envío yo”. La misión es para todo discípulo y discípula de Jesús, todos estamos llamados a ser Presencia de Jesús en el mundo y liberar a las gentes de las barreras del miedo y del desamor. Todos estamos llamados a convertirnos en Fuente de Vida para otros. “Exhaló su aliento sobre ellos… Reciban el Espíritu Santo”. Es un gesto impresionante: Es la fuerza de la vida, es Dios actuando en nosotros, el signo de la nueva creación y el envío a anunciar esta Vida, el perdón y la Paz para todo el mundo.
Por eso les dice: “A quienes perdonen los pecados les serán perdonados”; Este es el gran problema: En el mundo no hay perdón, los hombres se encuentran divididos por ambición de poder y de tener; y sin perdón, no hay futuro para nadie, ni para las personas ni para los pueblos.
Por último, tenemos un problema, es el caso de Tomás. Era un caso difícil… Tomás andaba más desesperanzado que nadie y se había apartado de la Comunidad. Había puesto en marcha un mecanismo de huida, de evasión ante la frustración. Se había encerrado, además, en un funcionamiento racionalista: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no lo creo”. Y la vida, la belleza, el amor, no se puede percibir con la cabeza, sino desde el interior. ¿No llevo también un Tomás dentro de mí que se resiste a confiar?
Por eso Jesús usa con él, como una terapia de choque diciéndole: “Aquí tienes mis manos… y trae tu mano y métela en mi costado”. Resulta conmovedor ver como Jesús acepta a Tomás tal como es y le permite introducir la mano en su costado y en sus manos. Y allí superó Tomás todas sus dudas, todas sus actitudes pragmáticas y racionalistas. Por eso, cae de rodillas balbuciendo: “Señor mío y Dios mío”. Tomás da el paso definitivo a la confianza, se abandona, se rinde. ¿Puedo dar hoy ese paso a la confianza como Tomás? Sólo la dulce Presencia del Resucitado puede hacernos superar nuestra falta de fe y de confianza. Tomás postrado ante Él se convierte en el gran creyente pronunciando la mejor expresión de fe que aparece en el Evangelio: “Señor mío y Dios mío”.
El Señor resucitado sigue estando presente en las llagas y heridas de todos los seres humanos que sufren en nuestro tiempo.
En este día nuestra oración puede ser, la misma de Tomás. “Señor mío y Dios mío”. Tú, Señor Resucitado, eres más fuerte que nuestras resistencias. Te haces presente en medio de nosotros con nuestras dificultades y nos ofreces tu paz y tu alegría.






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