“Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida” (Jn.6, 51-59)

Homilía del Domingo 19 de Agosto de 2018
LA HOMILÍA XX TIEMPO ORDINARIO
“Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida” (Jn.6, 51-59)
Son expresiones fuertes que impactan no solamente por su novedad, sino también por su realismo.

Pero Jesús insiste una y otra vez en estas afirmaciones como si temiera una interpretación alegórica de sus palabras: Dice el texto que “disputaban los judíos entre sí: ¿cómo puede este darnos a comer su carne? Las palabras de Jesús no provocan ahora una crítica, sino una pelea entre los mismos judíos. No entienden su lenguaje; la mención de su carne los ha desorientado y, a la vez, les ha quitado la seguridad. Mientras que Jesús se mantuvo en la metáfora del pan, creían comprender; podían aún interpretar que se trataba de un maestro de sabiduría enviado por Dios. Pero Jesús ha precisado bien, que ese Pan, es su misma realidad humana, su persona no una doctrina. Ellos no entienden qué puede significar “comer su carne”. Buscan una explicación, pero no la encuentran y Jesús insiste con varias afirmaciones en la misma línea.
“Les aseguro, si no comen la carne del Hijo del Hombre y no beben su sangre, no tendrán vida en Ustedes”. ¿Qué significa “comer su carne”? “Comer su carne” equivale a asimilarse a Jesús; es así como poseemos la vida definitiva y caminamos hacia la verdadera alegría. “Comer su carne” es entregar nuestra vida contagiando esperanza y amistad que llenen de belleza nuestro mundo. ¿Qué sentido hay que dar a estas expresiones: “comer la carne, beber la sangre”? Nadie duda de que, al ser empleadas por Jesús, significan algo muy fuerte. Evocan la comunión más profunda y más íntima con Él. No solamente una comunión de tipo intelectual, como la que puede existir entre un discípulo y el pensamiento de su maestro, sino una comunión vital. Expresan la participación en una misma vida y precisamente, en esa vida que se da como alimento.
“El que come mi carne y bebe mi sangre, habita en mí y yo en él”. El verbo “habitar”, (traducción del verbo griego meno), indica una permanencia constante y estable. Es como si les dijera: “Estarán en mí y yo en ustedes, con una Presencia inmensamente real pero íntima y misteriosa”. Quien cree en Jesús y vive en comunión de fe y amor con Él, se ve introducido en el horizonte de una amistad profunda con Él. Este misterio de amor y de comunión se actualiza y experimenta de forma excepcional en la “Cena del Señor”. En la Eucaristía no sólo expresamos nuestra fe en Jesús, el Pan que ha bajado del cielo y dado la vida al mundo, sino que en ella encontramos el alimento para nuestro camino.
En el fondo de este discurso de Jesús hay una invitación a creer y, al mismo tiempo, a comulgar con el poder de vida que emana de la persona de Jesús, a través de su muerte y resurrección. Este discurso de Jesús es un mensaje pascual. Jesús urge a sus oyentes y a cada uno de nosotros, a creer en Él, a darle nuestra confianza a Él que se ha entregado a sí mismo, atravesando la muerte para que todo ser humano viva. Todo el Evangelio es una llamada insistente a vivir y a vivir en plenitud.
Pocos hombres y mujeres viven de verdad, plenamente. La mayor parte no se atreven. Todos, sin embargo, llevamos dentro de nosotros mismos el fuego de la vida. Todos sentimos bullir en nosotros, en determinados momentos, el deseo ardiente de vida.
Pero algunos, sin embargo, se contentan con pequeños deseos y pequeños placeres y se construyen una vida un poco apagada y superficial. ¡Cuántos seres humanos se secan y mueren en la soledad a falta de poder vivir en una verdadera comunión con la plenitud de la vida! Lo que Jesús viene a ofrecernos es un camino de amor y de vida. Quien introduce la muerte en nuestro mundo son nuestros “ídolos” y particularmente el ídolo del dinero, especialmente, un capitalismo financiero internacional que crea exclusión social, miseria y hambre en el mundo.
Estas palabras del Evangelio de este domingo son una invitación fuerte a la vida: ¿Estamos abiertos hoy a escuchar en nuestro corazón esta llamada a elegir la vida y aquello que alimenta nuestro corazón? Sólo la apertura al Misterio de Dios, que es amor puede saciar la sed de vida y de felicidad que llevamos en el corazón. Sólo Él da sentido a nuestra fragilidad humana, a nuestros sufrimientos y a nuestra propia muerte.
Para lograr avanzar en este camino de vida necesitamos comer de ese Pan, necesitamos comer “la carne y beber la sangre”, es decir, necesitamos alimentarnos y asimilarnos a Jesús que se ofrece y se entrega como amor y como Vida. La Vida Eterna, la vida de Dios, la vida plena que nos llena de gozo, llega hasta nosotros a través del Hijo, Jesús Resucitado, a través de su carne que se hace Pan para nosotros. La Eucaristía nos pone en contacto con la vida, que nos permite vencer la muerte y la infelicidad.
Que hoy podamos decirle: “Señor, en tu Eucaristía está presente todo el deseo de comunión que Tú vives con nosotros y con todo ser humano. Que nosotros podamos aceptar tu amor y compartirlo nuestra vida”.






Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *