Éffeta, (esto es, “ábrete”) (Mc. 7 32-37)

Homilía del Domingo 9 de Septiembre de 2018
LA HOMILÍA XXIII TIEMPO ORDINARIO
Éffeta, (esto es, “ábrete”) (Mc. 7 32-37)
Esta es la orden de Jesús dirigida al sordomudo… Esta palabra de Jesús en arameo, es para nosotros hoy y para todos: “Éffeta, ábrete del todo” (esta me parece la mejor traducción).

Que todo en nosotros sea apertura para escuchar la voz del Espíritu, la voz de la vida en nuestro corazón…
Esta orden es la expresión del deseo de Jesús: “ábrete del todo” … Aunque estemos en el mundo de la comunicación (con internet incluido), tal vez, necesitemos, como nunca, abrirnos a Alguien más que nos sobrepasa… ¿No estamos demasiados cerrados en nosotros mismos?
Jesús está atravesando la Decápolis (en la actual Siria o Jordania), lugares de máxima actualidad en estos días y le presentan a un hombre que tenía cerrados el oído y la lengua. Este hombre es un esclavo de su propia sordera y tartamudez: no logra entender lo que dicen, no puede decir lo que quiere. Por eso vive encerrado en sí mismo, como alguien que es incapaz de escuchar y hablar, sin poder conversar con los demás.
Este “sordomudo” del Evangelio de hoy es una figura representativa de nuestra cerrazón mental, como discípulos. El sordo-mudo representa nuestras resistencias a abrirnos a Él, a su amor sin límite, a abrirnos a la vida, a las relaciones auténticas, a la libertad interior y a todo lo que nos construye y nos hace vivir más plenamente… Vivimos incomunicados. La soledad se ha convertido en una de las plagas más graves de nuestra sociedad.
También padecemos una “sordera” para escuchar a Dios: nuestro mundo se ha hecho sordo a Dios, particularmente nuestras sociedades occidentales están perdiendo su capacidad para escuchar a Dios. ¡Éffeta Honduras! ¡Ábrete! Sencillamente, ya no conseguimos oírlo: Arrastrados por la cultura de la superficialidad, del ruido, de las prisas, somos sordomudos ante la vida: no escuchamos ni percibimos el misterio que vivimos y que nos sobrepasa. ¿Cómo podremos percibir su Presencia si vivimos fuera de nosotros mismos, incapaces de entrar en nuestro interior?
“Y le piden que le imponga las manos”, este gesto que simboliza la transmisión de la fuerza vital de Jesús y Jesús en vez de imponerle la mano, “le metió los dedos en los oídos y con la saliva le toco la lengua”, meter los dedos en los oídos quiere decir que Jesús tiene que vencer una fuerte resistencia, (necesitamos que Jesús meta los dedos en nuestros oídos, que Él venza nuestras resistencias).
Después, “Con saliva, le tocó la lengua”. La saliva se tomaba como signo terapéutico, como signo íntimo de la fuerza personal del ser humano, de la presencia que cura, del beso que une y vincula a los amantes. Curar con saliva es curar con la propia vida.
Luego: “y mirando al cielo, suspiró y le dijo Éffeta”; el cielo es el origen, la fuente, el lugar

de la fuerza de Jesús… y ese suspiro que Jesús deja escapar en el momento de tocar los oídos del sordo nos revela que Él se identifica con los sufrimientos de la gente, que participa intensamente en su desgracia y se hace cargo de ella. Es la expresión del sentimiento y de la solidaridad de Jesús con nuestras “sorderas” y le dice: “Éffeta”, (ábrete del todo).
“Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba correctamente”. Fue una maravilla: Jesús le abre los oídos para que escuche, y le suelta su lengua para que se comunique con los demás.
Cuando Jesús cura al sordomudo está realizando un gesto que encierra simbólicamente, todo lo que pretende aportar a la Humanidad: despertar la vida de los hombres y mujeres, a su realidad más profunda y ayudarles a escuchar la llamada a vivir plenamente. Estamos llamados a abrir nuestro corazón a la belleza de Cristo, a la belleza de su vida, a esa belleza que intuyó Kafka cuando declara a su amigo Gustav: “Cristo es un abismo de Luz, hay que cerrar los ojos para no despeñarse en él”.
El contacto directo con Jesús y la fuerza de su imperativo: “Éffeta “ábrete”, sueltan todas nuestras ataduras y nos permiten de nuevo pronunciar nuestra propia palabra. Nosotros también necesitamos descubrir hoy a este Jesús Resucitado que se acerca a nosotros, cura nuestras debilidades y despierta esperanza en nuestros decaimientos. Que El cure la sordera de nuestro corazón. … ¡¿Qué más tiene que pasar para que se abran nuestros oídos al Evangelio? Ábrete a la escucha, ábrete a la comprensión profunda de las personas, ábrete al grito de los pobres.
Jesús hace llegar a nuestros oídos un mensaje lleno de ternura, consuelo y ánimo, disolviendo nuestras resistencias y temores. El “éffata” de Jesús tiene fuerza para despertar nuestras potencialidades personales adormecidas comunicándonos el soplo de la vida y de la alegría.
Necesitamos escuchar hoy la invitación de Jesús al sordomudo: “ábrete”. La curación del sordomudo nos invita a dejar que Jesús siga realizando en cada uno de nosotros su gesto liberador. La misma palabra dirigida al sordomudo: “ábrete”, puede resonar en nuestros oídos y en nuestro corazón. Que podamos escuchar a Aquel que anhela nuestro corazón. Él es el único que puede curar ese vacío último de todo ser humano, que nada ni nadie puede llenar. En Cristo encontraremos Aquel por quien podemos vivir. Él da vida a nuestro corazón y despierta una gran esperanza.
Que hoy podamos decirle: Tú, Cristo nunca te cansas de curar, de compadecerte, de amar…. Ábrenos a la Palabra de tu Vida inscrita en nuestro corazón. Señor, enséñanos a abrir nuestros oídos a la Palabra de tu amor y de tu vida.






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