“Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí” (Mc. 7, 1-8)

Homilía para el Domingo 2 de Septiembre de 2018
LA HOMILÍA XXII TIEMPO ORDINARIO
“Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí” (Mc. 7, 1-8)
Con estas palabras de Isaías, Jesús responde a la pregunta de los fariseos y saca a la luz lo falso y vacío del modo de actuar de los fariseos: su culto es sólo formal que se queda en lo exterior de los ritos y de la observancia de la Ley y no se corresponde con la actitud interior y una vida coherente.

La pregunta de los fariseos a Jesús suena a acusación: “¿Por qué no caminan tus discípulos según las tradiciones de los mayores y comen el pan con manos impuras?” La respuesta de Jesús comienza llamándoles “hipócritas”, es decir, “actores” y después Jesús denuncia la separación entre oración y vida, entre palabra y corazón.
Jesús les dice: “Ustedes dejan a un lado el mandamiento de Dios para aferrarse a la tradición de los hombres”. Jesús proclama, en voz alta, para que todos lo sepan, que esa religión que los fariseos predican es hipócrita y traiciona el “designio de Dios”, que es amor y vida.
La enseñanza y actitud de Jesús sigue sorprendiendo y desconcertando hoy. Jesús pone en entredicho la tradición establecida que abandona lo que Dios quiere: el amor y la vida para todos. Jesús invita a la comunidad cristiana de todos los tiempos a descubrir dónde está la Fuente de la pureza o impureza del corazón humano. ¿No nos parecemos, a veces, a los fariseos, conformándonos con guardar las apariencias y el cumplimiento exterior, dejando de lado lo esencial?
Esta crítica de Jesús a los fariseos y escribas, ¿No es también para nosotros una invitación a estar atentos a lo que vivimos? Los seres humanos y, lógicamente, también los cristianos, corremos también el riesgo de los fariseos: poner en el centro nuestras ideas, nuestros principios, nuestros proyectos y nuestras pequeñas “tradiciones” presentándolas como fundamentales y dejando de lado aquello que es esencial, los “mandamientos”, es decir, el amor, la compasión y la misericordia que Dios ofrece a todo ser humano en el Hombre Jesús de Nazaret, el Cristo.
¡Cuánto nos cuesta comprender la actitud fundamental de Jesús! La sociedad actual ensalza más que nunca la apariencia física sin que parezca importarle para nada, la belleza interior del ser humano. Vivimos en una cultura de la imagen. Los mensajes con los que la propaganda nos bombardea, se preocupan, sobre todo, de la fachada y descuidan por completo el corazón. Los “dioses de nuestro mundo” exigen también el cumplimiento de un código de leyes para que el hombre pueda considerarse justificado. Una de estas leyes es el éxito profesional, el prestigio social, la competitividad… Jesús, por el contrario, proclama la libertad ante las ataduras esclavizantes de los convencionalismos sociales y propone el amor y la compasión para todos como criterio de una relación auténtica con Dios. Con ello nos revela el auténtico rostro de Dios, que es amor.
Una vez que Jesús ha denunciado la actitud farisaica, propone una enseñanza positiva: la contaminación es un problema interior: lo que contamina al ser humano no son los objetos que pueda tocar o ingerir sino lo que procede del corazón, que para la mentalidad judía, es la sede de la inteligencia y de la voluntad, por eso dice: “Escuchen y entiendan todos: nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que le hace impuro…”
Jesús pone de relieve el criterio básico de la moral universal a través de una invitación: quiere decir: todas las cosas creadas son buenas y, por consiguiente, no pueden ser impuras ni volver impuro a nadie. Lo que puede contaminar al hombre radica en el corazón. El corazón humano, por tanto, es el lugar de la bondad o la maldad de las acciones.
Esta advertencia de Jesús tiene plena actualidad en nuestra sociedad de hoy “lo que sale de dentro es lo que le hace impuro”. Los robos, los homicidios, la violencia, las injusticias sociales, la dureza de corazón con la que juzgamos a los demás… que de tantas maneras toman cuerpo en las costumbres, instituciones, estructuras de nuestra sociedad salen “de dentro del corazón”. También la tremenda crisis económica que estamos padeciendo ha nacido de la ambición del corazón humano. Más que nunca necesitamos una “ecología del corazón”.
Sí, El Evangelio de hoy es una llamada a la conversión interior: los hombres y mujeres de hoy podemos ingenuamente olvidar que el camino de una sociedad más justa y humana pasa por la conversión del corazón. Las instituciones, las estructuras y los programas socio-políticos no cambian ni mejoran automáticamente a las personas. No hay ningún camino que nos pueda conducir a una transformación social dispensándonos de una conversión interior de las personas, de una transformación personal en profundidad. Es una falsa ilusión creer que avanzamos hacia una sociedad más justa y humana si no estamos dispuestos a reconvertir nuestro propio corazón ¿Quién está dispuesto/a a dejar transformar su corazón? Por eso necesitamos estar alerta sobre nuestra capacidad de autoengaño para liberarnos de la trampa de “honrar con los labios a Dios, pero permaneciendo lejos con nuestro corazón”.
Que en unos momentos de silencio podamos escuchar las palabras de Jesús en el Evangelio de este domingo que nos invitan a mirar en nuestro corazón con sinceridad. Hoy podemos mirar dentro de nosotros y buscar lo que necesitamos “purificar” a nivel personal, de nuestras relaciones y de nuestra comunidad. También podemos tomar prestadas las palabras de San Agustín y decir: “Oh Dios, de quien separarse es caer; a quien volver es levantarse; en quien permanecer es hallarse firme. Dios, darte a Ti la espalda es morir, volver a Ti es revivir” (Soliloquios).
Que en esta celebración podamos decirle: Señor, que tomemos conciencia de que, a veces, nuestro corazón está lejos de Ti y que no nos damos cuenta de que Tú estás siempre cerca de nosotros, muy cerca de nosotros.






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