“Y Ustedes, ¿quién dicen que soy yo?” (Mc. 8, 27-38)

Homilía para el Domingo 16 de Septiembre de 2018
LA HOMILÍA XXIV TIEMPO ORDINARIO
“Y Ustedes, ¿quién dicen que soy yo?” (Mc. 8, 27-38)
Esta pregunta constituye el corazón del Evangelio… Es una pregunta que Jesús hace a sus discípulos y también a nosotros. Esta escena se sitúa en Cesarea de Filipo, ciudad construida en el nacimiento del Jordán como homenaje del rey Filipo al César romano. Comienza Jesús con una pregunta general: “¿Quién dice la gente que soy yo?”.

Se trata de un sondeo de opiniones de los otros…A continuación les plantea la pregunta de una manera personal: “Y Ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”. Jesús contrapone sus discípulos “ustedes” a “la gente”. Al hacer esta pregunta por separado les muestra que espera de ellos una respuesta diferente de la gente, ya que el discípulo es aquel que ha puesto en Él su confianza y le sigue.
“¿Quién dices que soy yo? Esta pregunta es también para cada uno de nosotros. Necesitamos sentir esta pregunta como dirigida a cada uno personalmente. Responder ajustadamente a esta pregunta ha sido y sigue siendo la tarea principal de toda la historia cristiana. Nosotros también necesitamos dar respuesta personal a esta pregunta. Nuestra
vida y su sentido están ligados a la respuesta que demos a esta pregunta de Jesús: “¿quién dices que soy yo?”. Toda respuesta a esta pregunta suena a vacía si no afecta a nuestra vida.
La pregunta es: ¿quién es Jesús para mí? ¿Qué lugar ocupa en mi vida? Pero, Jesús, ¿es realmente el centro de mi vida? ¿Le damos primacía absoluta en nuestras comunidades? ¿Lo ponemos por encima de todo y de todos? ¿Es Él quien me anima y me hace vivir? ¿Es Jesús quién llena mi corazón? ¿Siento que voy ganando vida con Él? ¿Me siento feliz de haberme encontrado con Él?
Andrés Gide, a pesar de su rebeldía contra el cristianismo escribe: “Se que no existe nadie más que Tu, capaz de apagar mi corazón exigente”. Ciertamente Jesús es la expresión más elevada, más pura y más fecunda de la humanidad. En Jesús se encarna los valores que constituyen la base de una civilización plenamente humana: Jesús es lo mejor de nuestro mundo, Aquel que llena de sentido nuestra vida.
Pedro, respondió diciéndole: “Tu eres el Mesías”. Pedro, de manera intuitiva, en un arranque de brillantez, tiene una genialidad que desvela el secreto de la identidad de Jesús: “Tu eres el Mesías”, Tú eres el esperado, eres nuestro maestro, nuestro horizonte, nuestro guía. Pedro habla en nombre de todos. Pero esta respuesta de Pedro está mezclada con una fe en un Mesías triunfal. La persona de Jesús tenía un gran atractivo. Tenía un gran éxito. Todo el mundo que le escuchaba quedaba maravillado. Nadie se sentía indiferente en su presencia. Todos se sentían amados y aceptados. Era la esperanza de mucha gente en Palestina. Pero, ciertamente, esta respuesta de Pedro está condicionada por la ideología religiosa, proyectando sobre Jesús el ideal mesiánico del pueblo judío…
Jesús no reacciona felicitando a Pedro sino imponiendo silencio: “Y les conminó a que no hablaran a nadie acerca de esto”. Y es que la respuesta de Pedro, correcta en su formulación verbal, no corresponde a lo que Jesús piensa de sí mismo ni a lo que Dios quiere de él. Pedro anhela un Mesías triunfal, un líder político que se haga con el poder y se adueñe de la situación. Pero Jesús ha descubierto que los caminos de Dios van por otros derroteros.
Jesús no quiere generar más violencia en el mundo, por eso, les anuncia con toda claridad su Pasión: “El Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser reprobado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días”. Jesús ve su futuro tan evidente y tan contrario al triunfo que ellos esperan que les habla con claridad de su Pasión y final trágico. Jesús es consciente de que el poder establecido no lo acepta y está dispuesto a darle muerte y es ahí donde se manifiesta su “amor hasta el extremo”.
Entonces Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo. Pedro está condicionado por su necesidad de poder, de triunfo y habla a Jesús como de superior a inferior. La reacción de Jesús suena a tajante e incluso dura. Se enfrenta directamente con Pedro y le hace la represión más severa que tenemos en el Evangelio. Jesús le dice: “ponte detrás de mí, Satanás”, es decir, invita a Pedro a colocarse detrás de El, como corresponde a todo discípulo, caminando detrás del maestro. Es como si le dijera: No me indiques tú el camino, yo sigo mi camino y tú ponte detrás.
Después Jesús llamó a la gente y a sus discípulos y les dijo: “Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga”.
“Negarse a sí mismo” quiere decir no estar centrado en sí mismo de manera egocéntrica, sino en el otro, es decir, en amar de verdad, en liberar nuestra capacidad de amor gratuito. En definitiva, es como si les dijera: se trata de renunciar a sus ambiciones de poder, a sus necesidades exageradas de ser importantes, a sus intereses personales y, quizás, de perder la vida por mí y por el Evangelio.
“Tomar su cruz”: tomar la cruz no es sólo llevar bien los dolores inherentes a la condición humana, sino asumir también el riesgo que supone el seguir a Jesús y ser fiel a lo profundo de sí mismo, tomando opciones coherentes con los valores del Evangelio…
Jesús concluye: “Quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mi y por el Evangelio, la salvará”. Jesús nos invita a “perder” no lo esencial de la vida sino lo efímero e ilusorio. Es un perder para ganar vida y libertad. Hay que subrayar que dice “por mi” que expresa un vínculo fuerte y vital con su persona. Jesús es tan valioso que nos permite perderlo todo y seguirle por el camino.
Que hoy, en este domingo, podamos abrirnos al Señor para decirle: Tu eres Aquel que llena de sentido nuestra vida, y nos abres un camino de esperanza. Tú, Jesús eres Alguien que nos amas sin medida, y permaneces cerca de cada uno de nosotros, como una luz en la oscuridad. Tú eres la Fuente de nuestra vida y de nuestra alegría.






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