“Después de la gran angustia, el sol se oscurecerá, la luna no dará su resplandor…” (Mc. 13, 24-32)

Homilía del Domingo 18 de Noviembre de 2018
“Después de la gran angustia, el sol se oscurecerá, la luna no dará su resplandor…” (Mc. 13, 24-32).
Qué quieren decir estas palabras de Jesús? Con estas palabras simbólicas Jesús anuncia el proceso de liberación de la historia humana y de nuestra propia historia.

“Después de la gran angustia”, es decir, después de un tiempo como el nuestro, en el que parecemos destruirnos unos a los otros. “El sol oscurecerá, la luna no dará su resplandor y las estrellas caerán del cielo.”
¿Qué significan estas imágenes literarias? “El sol y la luna” representan a los falsos dioses, el oscurecimiento de los astros mayores (sol y luna), indican también que los falsos valores que representan estos “dioses” son inaceptables…
“Las estrellas caerán del cielo”. Simbolizan también las fuerzas del mal y de la muerte, es decir, de los poderes opresores que encarnan los sistemas ideológicos y económicos, que esclavizan a los seres humanos y causan tantas injusticias y sufrimientos… Todos caerán. Caerá este mundo viejo, dominado por la violencia y la injusticia, marcado por la desigualdad y la pobreza. Caerá este mundo falso, que vive de fachada, instalado en la mentira y carente de sentido. ¡Cuánta mentira y cuánta manipulación!
Las sucesivas crisis sociales, económicas y ecológicas y el permanente deterioro de la sociedad, se han encargado de revelar toda la falsedad que se encubría detrás de esas “estrellas del cielo”. Caerá nuestra “cultura de pecado y muerte”, los grandes capitales reunidos para matar, los grandes estados enfrentados para poseer el mundo… Caerá toda la soberbia humana, la autodolatria y quedaremos a ras de tierra…
Si, “Las estrellas caerán del cielo”. Estas imágenes pueden interpretarse también en sentido personal: hay hombres y mujeres para los que el sol se oscurece y para los que desaparecen las estrellas del horizonte de su vida. En las frustraciones de la vida, muchos sienten que no hay en su corazón ningún sol que ilumine su oscuridad; para muchos, hoy todo se ha derrumbado, allí donde habían puesto su esperanza se ha venido abajo, lo que una vez les causó alegría, hoy resulta motivo de tristeza. Y es ahí, en esa situación, es donde puede brillar la esperanza, iluminando nuestra oscuridad con su luz y disipando nuestros miedos.
“Entonces verán venir al Hijo del Hombre sobre las nubes con gran poder y gloria”. Aquí se anuncia el gran triunfo del Hijo del Hombre, el triunfo del Hombre que es Jesús el Resucitado, es decir, la Nueva Humanidad. Su gran fuerza de Vida se opone a la fuerza de la muerte que se tambalea; su gloria se opone a la de los opresores que declinan. Esta venida del Hijo del Hombre es un mensaje de esperanza.
No se trata del final del mundo natural, sino más bien, del final de un mundo injusto. No es el temor, sino la esperanza lo que hace brotar en nosotros el Evangelio de hoy: a pesar de la situación actual de este mundo que excluye a los más pobres, a pesar de tantos sufrimientos sociales y personales que oscurecen el sentido de la vida humana.
Después Jesús añade una pequeña parábola: “Aprendan de esta parábola de la higuera”. Con esta parábola se hace referencia a la primavera que es el tiempo de la abundancia en que todo reverdece y que anuncia los frutos del verano. Es como si nos dijera que los frutos de la vida están cerca, como los de la higuera. “Saben que Él está cerca, a la puerta”. Jesús quiere hacer comprender a sus discípulos y a todos nosotros que en las situaciones difíciles que atravesamos, El está siempre cerca.
Por su Resurrección Cristo está presente en el tiempo y en la historia. Su presencia ha irrumpido entre nosotros para siempre.
Los cristianos a partir de las palabras del Señor nos atrevemos a ver el presente con esperanza. Podemos preguntarnos: ¿Cuál es el final que espera a la historia dolorosa pero apasionante de la Humanidad? ¿Qué sentido tiene nuestra vida humana? Nosotros no creemos que nuestra vida viene de la nada y termina en la nada. Nosotros creemos que el final de todo no es la nada sino el amor, la misericordia y la vida en plenitud. Nuestro secreto está en el Señor Resucitado que ha vencido la muerte y está siempre cerca de cada uno de nosotros y nos acompaña en nuestro camino todos los días de nuestra vida.
“Este pobre gritó y el Señor lo escuchó” es el lema para la II Jornada Mundial de los pobres que hoy 18 de noviembre celebramos. “En las palabras del salmo, y en las del Papa, encontramos un modelo preciso de cuál debe ser la actitud de la Iglesia ante los pobres y las pobrezas que diariamente van surgiendo ante nuestros ojos en un mundo que elogia, sigue e imita a quienes tienen poder y riqueza, mientras margina a los pobres, con¬siderándolos un desecho y una vergüenza”.
Y Jesús termina diciendo: “En cuanto al día y la hora, nadie lo conoce, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, solo el Padre”. Estas palabras finales son una invitación a vivir permanentemente en la confianza: pase lo que pase, estamos en manos del Padre, que es Amor. Podemos decirle: En tus manos, Señor, hemos puesto nuestras esperanzas, aunque las estrellas caigan, tu Presencia permanece y alumbra nuestros pasos cada día.






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