“Levántense, alcen la cabeza; se acerca nuestra liberación” (Lc. 21, 25-36)

Homilía del Domingo 2 de Diciembre de 2018
Primer Domingo de Adviento
“Levántense, alcen la cabeza; se acerca nuestra liberación” (Lc. 21, 25-36).
El Evangelio de este primer domingo de Adviento no se refiere al fin del mundo sino al proceso de liberación de la historia humana que comienza en la muerte y resurreción de Jesús.

En un lenguaje simbólico, la “catástrofe cósmica” era en la época de Jesús el signo de la caída de un orden social injusto y la inauguración de un mundo nuevo. El texto dice: “que habrá signos en el sol, en la luna y en las estrellas…, y que las potencias del cielo serán sacudidas”. ¿Qué quieren decir estas palabras?
Que todos los poderes divinizados caerán, “serán sacudidos”. Que todos los “ídolos” y falsos valores representados en los astros (el sol, la luna y las estrellas) se oscurecerán… Que todos los sistemas ideológicos que acaparan la verdad y arrebatan la libertad humana, se desvanecerán… Esas potencias del cielo caerán,.. Esa fue la experiencia de la primera generación de cristianos y está siendo también nuestra experiencia actualmente ¿No estamos asistiendo a este derrumbe de la cultura dominante en nuestra sociedad occidental?
Dice el texto, “Entonces verán al Hijo del Hombre venir en una nube con gran poder y gloria”. Aquí se anuncia el gran triunfo del Hijo del Hombre, que es Jesús Resucitado la plenitud humana… No dicen “verán a Dios”, sino al “Hijo del Hombre”, a la nueva humanidad que se manifiesta en Cristo. Su gran fuerza de vida se opone a la fuerza de la muerte que se tambalea; su gloria se opone a la de los opresores que declinan… Y ante esta situación de crisis, Jesús invita a sus discípulos a no tener miedo, sino a ponerse de pie y a “alzar la cabeza”: el ser humano está invitado a levantar la cabeza y vivir en la esperanza. Creer en Dios significa levantar la cabeza ¿Por qué levantar la cabeza? Porque se acerca nuestra liberación: una liberación que se nos ofrece como don de Dios. Se trata de no tener miedo, y de vivir en el gozo de sentirnos amados cada día.
El Evangelio de este domingo, primero de Adviento, es una invitación a vivir en la esperanza. Nosotros también hemos visto caer los grandes sistemas ideológicos y políticos, hemos visto caer el mito del progreso, como motor de la civilización y tantas y tantas cosas…. Creíamos que con nuestra tecnología y nuestra ciencia al servicio de la seguridad habíamos construido un mundo seguro, pero no ha sido así. Hoy la seguridad se ha derrumbado. Hemos visto derrumbarse también los poderes financieros… En los albores del siglo XXI nos encontramos con la experiencia de una gran fragilidad, con la experiencia de nuestra finitud: La crisis económica, el índice tremendo de paro, la falta de valores humanos, la crisis cultural y religiosa en todo Europa. Todo esto nos hace percibir una oscuridad e incertidumbre en el horizonte de nuestro mundo.
“Alcen la cabeza, se acerca nuestra liberación”. A pesar de esta situación, somos invitados a vivir la esperanza. Nuestra expectativa no es la angustia ni el miedo, sino la alegría y la esperanza. Nuestra vida está asegurada en Él. Nuestra vida y la de toda la humanidad, está garantizada en Dios. Por eso, es posible la esperanza. Esta es la esperanza que celebramos en este tiempo de Adviento previo a la Navidad.
La esperanza para nosotros no es una ilusión engañosa ni una quimera. Al contrario, vivimos con esperanza porque nos tomamos en serio todas las posibilidades que el ser humano lleva dentro. La esperanza cristiana no es la espera pasiva de los no comprometidos, ni la espera interesada de los que están bien situados, sino la espera creadora de los que se han comprometido en una sociedad más justa y fraterna.
Jesús afirma: “Tengan cuidado de ustedes, no sea que se emboten sus corazones con juergas, borracheras y las inquietudes de la vida”. Es decir, con todo aquello que nos adormece, nos narcotiza y compensa los vacíos y los sin sentidos de nuestra vida. Tal vez, una de las dificultades más graves de nuestra sociedad es la frivolidad, la ligereza en el planteamiento de los problemas más serios de la vida, la superficialidad que lo invade casi todo. De la superficialidad y el embotamiento solo es posible liberarse despertando de la inconsciencia y aprendiendo a vivir de manera lúcida, abiertos a la profunda liberación que nos trae Cristo en su venida. Que nuestros corazones no se emboten. El tema es más del corazón que de la cabeza: que mantengamos el corazón abierto, fresco en el amor y dispuesto a la ternura.
Por eso añade: “Esten, pues despiertos en todo momento”. ¿Qué significa estar despiertos? significa hacernos conscientes y lúcidos de lo que vivimos sin dejarnos arrastrar hacia la indiferencia y sin dejar que se apague el deseo profundo de vida que llevamos dentro.
Dios está cerca. El viene a abrir para nosotros la fuente de la vida y de la alegría. Quien se abre a Él y percibe su Presencia experimenta que Él, Cristo, es la belleza que llena nuestro corazón, la verdad que esclarece nuestras preguntas y colma de gozo pleno nuestra vida. Podemos volvernos a Él con el salmo de la liturgia de hoy para decirle: A Ti, Señor, levanto mi alma y mi corazón y mi ser entero. Mis ojos fijos siempre en ti.






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